El señor Claudio cerró el maletín y lo envió al destino de costumbre. Otra vez y ni una más. No hay que tentar a la suerte. Don Claudio se tanteaba los bolsillos para ver si llevaba todo encima. “Esta es la última, por lo menos este verano, o este año. Bien que me costó colocar este chalet. Hace cuatro días me los quitaban de las manos”. Ya no. Todo estaba bien, el reloj, la pulsera magnética, el pin de oro de Ciudadano Ejemplar 2005… “¡Joder!, me dejé un billete”. Ahí estaba, bien moradito, un billete de 500 euros que no viajaría junto al resto en el maletín. “Es una jodienda, y los bancos ya están cerrados hasta el lunes”. El señor Claudio miró el billete. Él había visto unos cuantos en los últimos años, muchos más que la mayoría de la gente. Por fajos, por montones de fajos. Este tenía algo de particular, debajo del puente colgante del reverso, tapando una de las estrellas y un poco de la isla de Irlanda había una inscripción. Muy breve: PxT, pintado con rotulador negro.
“Pues muy bien, a ver ahora cómo me libro de esto”. Don Claudio entró en una tienda, sacó el billete y dijo “A ver mocina, dame un eme pa trés de esos, el más caru, pa’l mi sobrín”. “Lo siento señor, no puedo aceptar billetes de 500”. Pues vaya. El señor Claudio fue al bar, pidió un solera y le vino la inspiración. Al fondo, cuatros pringaos de festejos echaban la partida mientras el resto de la sociedad los miraba. “¡Manolín! –gritó Don Claudio– paga-yos la ronda a esos señores y invitovos a cenar, trae de toó y saca vino”. “Mira-y a Claudio, eso ye un paisano, por algo ye Ejemplar”, dijo el presidente.
