“Los negocios son los negocios, lo siento chaval. No te lo tomes así, de esto vas a sacar una lección para la vida”. Así, de buenas a primeras Manolín despidió a su camarero más joven, a Jairo, que vio desaparecer de pronto sus planes para el final del verano. Además, Manolín pareció regodearse en su desdicha; el finiquito se lo dio de una pieza, en un billete de 500 y un sábado por la mañana.
Pese a lo que pensase Manolín, Jairo era un chaval de recursos, que sabía aprovechar las oportunidades y con un único billete en la cartera fue a visitar a Pepe Nuclear. Pepe era padre putativo de dos niños que llegaron con su actual pareja, lo de Nuclear le venía de haber trabajado en una factoría de tratamiento de residuos radioactivos donde se le acabó quemando la médula ósea y dejándole la voz ronca. Cobraba una muy buena pensión pero para vengarse de la perra vida se había convertido en el camello más generoso. “¿Y esta marca en el billete? PxT. Bueno, ahí va, si te lo montas bien le sacas el doble”, le dijo Pepe a Jairo mientras le daba un paquete con cocaína de bastante calidad. Y claro que Jairo se lo sabía montar bien, fue el rey del perico la noche del sábado al domingo y muy de madrugada ya calculaba que tenía casi 1.500 euros. Sólo le quedaban tres gramos. “¿Me vendes cinco?”, “Claro chaval. Espera aquí”. Jairo subió a casa y juntó sus gramos de farlopa con dos de laxante. Al bajar reconoció al chaval, de pequeños fueron juntos a la escuela, pero no tuvo remordimientos. Mientras le cobraba pensó “los negocios son los negocios”.
