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Archive for 30 agosto 2008

Para las navidades del año 2038 ningún regalo era de mejor gusto que un reproductor de música o imágenes vintage de finales del siglo XX. Los walkman eran muy apreciados, los vídeos VHS estaban por las nubes, los Betamax eran un lujo inalcanzable salvo para una élite de magnates. Pablo no tenía pretensiones, sólo quería quedar bien con su tío Claudio que no vería muchas navidades más. Entró en la galería de arte –allí se vendían, porque los coleccionistas los necesitaban para presumir de las antiguas videocreaciones— y se interesó por lo más asequible, un mp3 primitivo, una televisión que no fuera plana…

“¿Tu tío es coleccionista?, quizá tenga videoarte en DVD. También tengo esos reproductores”, le dijo Kevin Enol, que era el curador y tendero de la galería. “No, mi tío no sabe nada de arte”, le contestó Pablo, “bastaría algo para oír antiguos casettes, de esos sí tiene una buena colección”. “Este es un walkman de 1988, auténtico, sólo por 1.500 euros”, “Me lo llevo” dijo Pablo y empezó a sacar billetes de la cartera pero se detuvo al reconocer uno de 500. “Vaya sorpresa, yo escribí este PxT hace por lo menos 30 años, estaba enamorado de una chica, Teresa, y como nunca tuve mucho ingenio pensé que le daría valor a mi declaración el papel en que la escribía. Una tontería”. Kevín Enol, que había vivido muchos años en el cínico mundo del mercado del arte, pensó que esas tres letras eran el poema más ingenioso y sincero que había visto nunca. Pero no dijo nada y aceptó el billete en silencio. Fin.

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El lunes, pero no demasiado temprano, Pepe Nuclear se llevó los beneficios del trapicheo y el juego al lugar más adecuado para estos casos: el banco. No había mucha cola; pero Pepe se demoró un rato en la entrada para que pudiera atenderle la cajera que a él le interesaba. Fingió interés por un folleto que explicaba las mejores condiciones para un depósito a plazo fijo hasta que Marta se quedó libre. “Hola Pepe, ¿lo de siempre?” “No, hoy un poco más, mira hasta traigo un billete de 500”. Marta levantó la vista y se le quedó mirando con cara de pasmo. “Joder, Pepe, vaya marrón, ¿no ves que ahora hay que justificar de dónde vienen todos los billetes estos, ¿y esa marca, PxT?, encima me vas a meter un lío”.

“Anda Marta, enróllate, no te arrepentirás. Cuélalo por ahí y te paso esta tarde la mejor maría que hayas probado nunca”, le cameló Pepe y consiguió su objetivo. Marta no era ninguna tonta y contaba además con que del director para arriba todo el mundo estaba de vacaciones. Quedándose media hora más en el curro consiguió que el billete se perdiera en la caja y desde allí en el anónimo abismo del flujo del mercado. Por la tarde, con una bolsa de yerba escondida en el bolso llegó a casa de su madre. La quimioterapia la había dejado muy baldada pero, mes a mes, Marta y su madre le iban ganando tiempo a la esperanza. “¿Cómo lo llevas mamá?” “Hoy ando un poco baja”. “Anímate, ahora te lío un canuto y verás cómo se te quitan las náuseas”. “Bueno, pero si tu te fumas otro”, “vale pero ya sabes que luego a mí me da la risa tonta”, “pues eso es lo que más me anima, hija”.

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Con las ganancias de la tarde del viernes en los bolsillos, Pepe Nuclear, camello manirroto, se dispuso a jugarse los cuartos en una noche de sábado. Ninguna timba era mejor que la del bar del Indiano, el último que había en la ciudad antes de que las aceras se convirtieran en cunetas de la salida a la autopista. Detrás del Indiano ya no había papeleras, ni aceras, ni bancos. Dentro del bar cada una de las mesas tenía pegado un tapete verde apto para los naipes. Pepe pensó que ojalá el indiano los hubiera pegado a propósito, con algún tipo de cola, y no como se le ocurría a veces, que los tapetes no se movían de las tablas fijados por la mugre y por los años. Tras la barra había un cuadro con una escena de caza y un cartel que rezaba: “Hay café de puchero”. Se diría que en el bar del indiano no había entrado nunca ninguna mujer. Pepe no había visto jamás a una clienta y aquella noche tampoco la vio.

“Mus?”, preguntó Pepe. “El mus es para paletos y universitarios. Se juega al poker”, le contestó el Rubio. El Rubio era pelirrojo, feo de verdad y nunca había perdido una partida en el Indiano; “baraja”, le dijo como si le retara. La tarde pasó hasta que Pepe y el Rubio se quedaron solos. Todo el dinero estaba sobre la mesa y Pepe, que no había pedido cartas, sacó el billete de 500. “Demasiado para ir de farol” pensó el Rubio mientras leía el PxT escrito en el dinero; “no voy”. “Nunca vi achantarse al Rubio”, dijo el indiano. “Sólo quien ya ha perdido no le teme a la derrota”, contestó Pepe, y ese día el billete no cambió de manos.

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“Los negocios son los negocios, lo siento chaval. No te lo tomes así, de esto vas a sacar una lección para la vida”. Así, de buenas a primeras Manolín despidió a su camarero más joven, a Jairo, que vio desaparecer de pronto sus planes para el final del verano. Además, Manolín pareció regodearse en su desdicha; el finiquito se lo dio de una pieza, en un billete de 500 y un sábado por la mañana.

Pese a lo que pensase Manolín, Jairo era un chaval de recursos, que sabía aprovechar las oportunidades y con un único billete en la cartera fue a visitar a Pepe Nuclear. Pepe era padre putativo de dos niños que llegaron con su actual pareja, lo de Nuclear le venía de haber trabajado en una factoría de tratamiento de residuos radioactivos donde se le acabó quemando la médula ósea y dejándole la voz ronca. Cobraba una muy buena pensión pero para vengarse de la perra vida se había convertido en el camello más generoso. “¿Y esta marca en el billete? PxT. Bueno, ahí va, si te lo montas bien le sacas el doble”, le dijo Pepe a Jairo mientras le daba un paquete con cocaína de bastante calidad. Y claro que Jairo se lo sabía montar bien, fue el rey del perico la noche del sábado al domingo y muy de madrugada ya calculaba que tenía casi 1.500 euros. Sólo le quedaban tres gramos. “¿Me vendes cinco?”, “Claro chaval. Espera aquí”. Jairo subió a casa y juntó sus gramos de farlopa con dos de laxante. Al bajar reconoció al chaval, de pequeños fueron juntos a la escuela, pero no tuvo remordimientos. Mientras le cobraba pensó “los negocios son los negocios”.

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El señor Claudio cerró el maletín y lo envió al destino de costumbre. Otra vez y ni una más. No hay que tentar a la suerte. Don Claudio se tanteaba los bolsillos para ver si llevaba todo encima. “Esta es la última, por lo menos este verano, o este año. Bien que me costó colocar este chalet. Hace cuatro días me los quitaban de las manos”. Ya no. Todo estaba bien, el reloj, la pulsera magnética, el pin de oro de Ciudadano Ejemplar 2005… “¡Joder!, me dejé un billete”. Ahí estaba, bien moradito, un billete de 500 euros que no viajaría junto al resto en el maletín. “Es una jodienda, y los bancos ya están cerrados hasta el lunes”. El señor Claudio miró el billete. Él había visto unos cuantos en los últimos años, muchos más que la mayoría de la gente. Por fajos, por montones de fajos. Este tenía algo de particular, debajo del puente colgante del reverso, tapando una de las estrellas y un poco de la isla de Irlanda había una inscripción. Muy breve: PxT, pintado con rotulador negro.

“Pues muy bien, a ver ahora cómo me libro de esto”. Don Claudio entró en una tienda, sacó el billete y dijo “A ver mocina, dame un eme pa trés de esos, el más caru, pa’l mi sobrín”. “Lo siento señor, no puedo aceptar billetes de 500”. Pues vaya. El señor Claudio fue al bar, pidió un solera y le vino la inspiración. Al fondo, cuatros pringaos de festejos echaban la partida mientras el resto de la sociedad los miraba. “¡Manolín! –gritó Don Claudio– paga-yos la ronda a esos señores y invitovos a cenar, trae de toó y saca vino”. “Mira-y a Claudio, eso ye un paisano, por algo ye Ejemplar”, dijo el presidente.

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